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FRANCA. La Ley del Mar.

La novela que tengo entre manos es una ficción histórica que se desarrolla íntegramente en Comillas. La idea es dar a conocer, a aquellos que lo desconozcan, la caza de la ballena franca. Comillas llegó a ser un importante puerto ballenero en el Cantábrico. Es una historia que bien podría extrapolarse a otros puertos del norte de España, sin duda.


Para contarla, sin pretender dejar una lección de historia que para eso hay otros maravillosos libros como el de Rafael González Echegaray "Balleneros Cántabros", editado por la Institución Cultural de Cantabria, me he centrado en dos épocas. Una en 2024 en el Colegio Jesús Cancio de Comillas. Otra en torno al 1600 también en Comillas.

En el colegio, dos maestros ya jubilados a los que les han pedido que cubran una baja temporal, hablan a los alumnos de la caza de la ballena franca. Con cada lección, ayudados por diapositivas, viajamos a 1600, allí conoceremos a dos familias, los Gutiérrez y los Fernández de Castro.

Una narración que va adelante y atrás en el tiempo mostrando la complicada vida de unos balleneros que cuando se despedían de sus familias por la mañana no sabían si regresarían.


A continuación os dejo el prólogo. Justo encima veréis una reproducción de un bote ballenero, o pinaza en la que los marineros perseguían a los descomunales cetáceos de más 45 toneladas.

Como siempre, muchas gracias por vuestro constante ánimo y apoyo.



PRÓLOGO



 

Comillas, noviembre de 1602

 

 

—¡Por fin! —Nandu saltó de la cama al escuchar el sonido del cuerno de Elanio, el atalayero de Santalucía. Se calzó el jubón, los pantalones y las botas, y salió de la habitación a la carrera.

Hoy tenía que ser el día que tanto había esperado. Estaba preparado, de eso no tenía ninguna duda. Había entrenado mucho durante los últimos años, aunque la verdad es que no contaba con que le llegara la oportunidad tan pronto.

No de esta forma.

“Por ti, papá, por ti, hermano...”

—¿A dónde te crees que vas, hijo? —la firme voz de Martina le invitó a detenerse. Su rostro serio pretendía esconder unos ojos enrojecidos de tanto llorar.

Nandu se colocó la gorra y se acercó a su madre.

—¿No has oído el aviso de Elanio?

—Claro que lo he oído pero no es para ti —Martina cruzó los brazos sobre el pecho—. No puedes ir, hijo, por favor... no vayas. No podría soportar perderte a ti también.

Nandu abrazó a su madre al tiempo que la besaba en la cabeza.

—No te preocupes, no pasará nada —aseguró deslizando sus pulgares sobre las lágrimas que se deslizaban por los pómulos de la mujer.

—Lo mismo decían tu padre y tu hermano, y mira... —expuso con la voz entrecortada.

—No digas eso. Sólo pretendo alimentar a la familia.

—Lo sé, hijo, lo sé, pero con lo que yo gano y...

—No permitiré que trabajes tanto, mamá. Además, Elanio no está usando la fogata, no quiere avisar a los de otros pueblos.

—Ya, una franca, entonces.

—Sí, su llamada no es por un cabrote —afirma Nandu.

De nuevo el cuerno de Elanio inundó la vivienda.

—Tengo que irme.

Esa era su firme intención pero dos pares de manos lo detuvieron mientras se hacía con el arpón que fue de su hermano, antes de su padre, y mucho antes del abuelo.

—Nandu... —soltaron al unísono los pequeños Brisa y Mel, cerca de cumplir cuatro años.

—¿Pero bueno qué hacéis levantados? Como se entere vuestra madre os va a regañar —dice rodilla en tierra.

Brisa se abraza a su cuello.

—¿Volverás?

Nandu no puede evitar emocionarse al mirar a los ojos a su sobrina, pero no era momento de dejarse llevar por sus sentimientos.

—Claro, ¿me esperareis?

Los dos hermanos mellizos se miran y asienten convencidos.

—Id a la habitación, que se va a despertar mamá y... —dijo poniéndose en pie.

Allí estaba ella, la madre de sus sobrinos, la mujer de su hermano mirándolo al tiempo que esbozaba una sonrisa forzada. Su rostro no podía esconder los recuerdos que invadían su mente al verlo partir. Gala se acercó a él y lo besó en la cara.

—Hazles caso y vuelve, ¿eh?


Esta vez fue Nandu el que asintió antes de abrir la puerta y abandonar la vivienda familiar. Bajó saltando las escaleras de los dos pisos que le separaban del portal. Al llegar a la calle se detuvo en seco. Siete hombres fornidos y robustos lo miraban fijamente.

—¿A dónde te crees que vas, Nandu?

Era la segunda vez que le hacían esa misma pregunta en los últimos minutos.

—Con vosotros. Mi padre y mi hermano dejaron dos puestos libres.

—Que están ocupados —apuntó mirando a los seis compañeros que asistían en silencio.

—José, me lo debes por mi padre, por mi hermano —retó con su joven mirada al veterano timonel de la chalupa.

José negó lentamente.

—Lo que debo a tu familia es manteneros con vida, ¿lo entiendes?

El que niega ahora, pero con vehemencia, es Nandu.

—¡No, no lo entiendo! ¿De qué nos vale estar con vida si no tenemos para comer?, ¿eh? ¿Me lo puedes decir?

“El chaval tiene agallas, se nota que es un Fernández de Castro”

—Eres un crío aún que...

—¡Cumplí los diecisiete, no tengo nada de crío!

Tobe, uno de los compañeros de la pinaza se acercó al patrón.

—Déjale de remero. Es un chico muy fuerte —susurró en su oído.

José fijó su mirada en Nandu y avanzó un par de pasos.

—Está bien, pero de remero, ¿eh? Deja ese arpón en casa y date prisa que nos vamos.

El rostro del joven se iluminó.

—Gracias, no te arrepentirás.

Mientras Nandu se perdía portal adentro, José levantó la cabeza. Sus ojos se detuvieron en una ventana de la segunda planta, fijos en los de la mujer del que fuera su mejor amigo desde que puede recordar. Martina tenía las manos en el rostro. José asintió. La mujer hizo la señal de la cruz y volvió al interior de la casa.

“Cuídamelo, José Gutiérrez. A Dios ya se lo he pedido”

Ese día no fue como otro cualquiera de caza, no. Decir como otro cualquiera es mucho decir cuando ni las familias ni los propios cazadores sabían si alguno regresaría, pero para Nandu, José y los seis compañeros de la chalupa ese día, no, no sería como otro cualquiera.

Iban detrás de la ballena, preparados para lanzar el primer arpón, un golpe de mar, o la cola del mamífero o quizá sólo fue falta de equilibrio del arponero tras acertar en el descomunal cetáceo, lo que fuese, se lo llevó.

La ballena giró.

José gritó.

Nandu soltó el remo.

La Ley del Mar.


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