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"Los crímenes de Sobrellano" (Inspectores Pinta y Olivares 4)


Poner título a una novela desde la primera página me sirve como envoltorio, me ayuda a envolver las hojas que voy escribiendo bajo un tema concreto. Sin título me costaría mucho más, dicho esto, una vez cumplida su función primordial, puede ser sustituido... o no. Veremos.

En esta cuarta entrega de los inspectores María Pinta y Diego Olivares, como seguro habéis deducido aquellos que conozcáis Comillas, tendrá un lugar destacado el Palacio de Sobrellano, cuyo destino inicial era servir como residencia de verano al primer Marqués de Comillas D. Antonio López y López y como residencia veraniega al Rey Alfonso XII y su familia, pero ni uno ni otro lo pudieron disfrutar. Alfonso XII falleció en 1885, el marqués en 1883 y el Palacio quedó terminado en 1888.

Se han rodado varias películas en el Palacio, la más conocida es "La residencia" (1969)


Os dejo el prólogo del la novela.

Gracias por vuestro interés. Seguiré contando.



PRÓLOGO


Las últimas semanas habían transcurrido despacio, demasiado despacio. La culpa la había tenido la elección de la fecha, del día concreto en el que su vida daría un vuelco.

A partir de hoy todo iba a ser diferente.

Todo, es todo.

En un principio barajó varias opciones sin ser capaz de decidirse por otra digna de ser tenida en cuenta. No es que esperase un final distinto, no, ya no era posible, pero pudo serlo si ella no hubiese sido tan…

Tan ella.

Lo que le volvió loco al conocerla, con el paso del tiempo se convirtió en dañino, en nocivo, porque nadie sabe lo duro que puede llegar a ser que tu mujer sea siempre el centro de todo y de todos.

Se lo había advertido.

No, no estaba pensando en su propio interés, sino en el de ella, lo merecía. Ser el centro de envidiosas, de aduladores, babosos, de gente que sólo se acerca a ti con el fin de obtener cualquier cosa acaba agotando y, lo que es peor, dejándote sin nada. Sin amigos, sin familia.

Sin vida.

Si ella le hubiese hecho caso y no hubiera sido tan… tan ella, entonces…

Entonces…

Amartilló de nuevo el revolver. La primera persona que tenía que morir ya lo había hecho. Su supuesto socio y viejo amigo yacía sobre un relajante y motivador charco de sangre. Una motivación, como otra cualquiera, para creer en la justicia.

Sería más justo, sí, la puñetera justicia otra vez, llamarle antiguo amigo, como de otra vida. La etiqueta de viejo amigo le otorgaba un estatus cercano que no reflejaba los sentimientos del momento presente.

No había sido difícil, sólo tuvo que acceder a su casa, con sus llaves y recorrer los quince metros que le distanciaban del enorme salón. El supuesto socio y antiguo amigo estaba de espaldas, sentado cómodamente en su sofá, bebiéndose su whisky, con los pies encima de su mesa y…

Negó repetidamente mientras avanzaba con paso seguro apuntando a su puñetera coronilla. Antes de apretar el gatillo, una fugaz idea cruzó por su cabeza, desvió el arma, nada de coronilla. Con rapidez llevó la pistola a la sien y descerrajó un certero disparo. Bajó al arma y con la mirada en la víctima respiró profundamente.

Todo había terminado.

Eso creía.

Un alarido casi inhumano le despertó como si le hubiesen sacudido una coz en pleno rostro.

Volvió la cabeza.

Su mujer observaba desde la escalera la macabra visión que se mostraba ante sus ojos. Las manos en la cara. Un segundo grito, esta vez ahogado quizá por la impresión, no terminaba de explotar.

La pared impedía que ambos se vieran.

El gran espejo del salón, no.

Sus miradas confluyeron en el reflejo.

Ella regresó escaleras arriba.

Él miró en torno. Su cuerpo le pedía partir tras ella y poner punto final a todo de una vez. Permaneció unos segundos concentrado en su debate interno. Negó repetidamente y se encaminó hacia la salida del chalé.

Ella no debería encontrarse en la casa. No debería estar allí. Lo había preparado todo minuciosamente. Esa noche tendría que haber asistido a una gala benéfica.

A otra más.

Él aguardaría su llegada, pero ya…

Rodeó la vivienda. Con la pistola escondida entre el pantalón y el cinturón se introdujo en el coche. Aguardó hasta haber recorrido unos metros para quitarse el pasamontañas.

Su teléfono móvil comenzó a sonar. Sin soltar el volante desliza la mirada sobre la iluminada pantalla.

“Serena…”

Detiene el coche en el arcén y atienda la llamada.

—No son horas de… —finge enfado.

—¡Han matado a… a…!

—¿Qué dices?

Serena apenas puede articular palabra, le falta el aire.

—Que… que… alguien ha entrado en casa y ha… ha matado a un… amigo.

El hombre sonrió.

Saber comportarse, evitar escándalos, sobre todo los que se refieren a la vida privada, al final siempre tiene su recompensa.

Siempre.

—¿Puedes… puedes venir?

—¿No decías que ya no querías nada y que no podrías…?

—Por favor.

—Está bien, voy enseguida, pero será la última vez.

—Sí...

Serena no podía saber que, efectivamente, esta sería la última vez que se verían. No por decisión propia.

Los planes, en ocasiones, no salen como se planean, pero la vida, si apoya tu caso, siempre te dará otra oportunidad.

Siempre.

Soy un hombre de palabra. A pesar de que nadie cumpla con su parte del trato, ni siquiera cuando incumplir no es una opción. En estos momentos no queda otra que continuar con lo previsto, con lo acordado, aunque sólo sea para llevar a buen puerto el deseo de ambos.

Precisamente eso, el puñetero deseo al que una falta, mejor dicho, una ausencia de personalidad, de valor, te lleva a dar un paso a un lado en un lugar donde solo hay precipicio cuando abandonas el camino.

He de reconocer que fue una buena forma de comenzar mi nueva vida. Nada original, lo sé, sin embargo, en lo que viene después sí que me atrevo a aventurar cierta singularidad. Comienzo a recorrer un camino en el que no hay vuelta atrás. Lo sé y así lo espero. Desconozco su longitud, su duración, todo dependerá de la vida.

Siempre, de la puñetera vida.



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