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"La justicia de las flores". Comisario Rocío Prados 4. Primeras páginas.



Acabo de comenzar la cuarta entrega de la comisario Rocío Prados. Como sabéis aquellos que habéis seguido las tres primeras, Patricia Prados va asumiendo un papel cada vez más protagonista junto a su madre. Para los demás os aseguro que estás líneas no os "destriparán la historia".

Patricia continuará con su innata falicidad para meterse en problemas relacionados con la investigación. En esta entrega han pasado tres años desde el último caso. Se hallan reunidos en el despacho de la comisario y suena el teléfono, es Maria Esther, la secretaria de Rocío Prados, han encontrado un cadáver en una habitación del Hotel Eurostars Madrid Tower, (torre SyV en 2009 hoy torre PwC)


Un cadáver con una puesta en escena especial.

Muy especial.


Os dejo el prólogo a continuación.

Muchas gracias por vuestro interés y por seguirme. Aprovecho para adelantaros que la publicación de la tercera entrega de los inspectores Pinta y Olivares, "Nada que perder. Excepto la vida" está cerca.



PRÓLOGO



La cena estaba siendo muy agradable. Algo había en la propia presencia de su invitado que le empujaba constantemente a mirar al pasado. A un pasado remoto, enterrado bajo cientos de capas de olvido. No, no podía ser, seguramente se tratara de imaginaciones suyas. La culpa la tenían seguramente el delicioso vino que trajo bajo el brazo y los dos chupitos.

¿O ya iban tres?

Estaban solos.

Antes de la cena, la cocinera se había marchado a su casa y la interna había salido. Miró a su visita, fue una mirada turbia, desenfocada, como ausente.

—Discúlpame…—pidió mientras trataba de incorporarse. Trastabilló un par de veces con los finos tacones antes de conseguir ponerse en pie—. Tengo…, tengo que ir un momento al baño… —lleva una mano a la frente—. Creo que he bebido demasiado.

El hombre se la quedó mirando sin añadir palabra. En su rostro se formó una leve mueca de hastío. Sí, hastío, cansancio, no por la cena, sino por el lento paso de los años, de la puñetera vida. Ese hartazgo perenne que te empuja a abandonar la presa.

Sólo, te empuja.

De repente, sintió que se le aceleraba el pulso. La pantomima debía tocar a su fin, ya.

Muchos años pensando.

Pensando y ejecutando.

—Ahora vengo, no… no tardo, será sólo un minuto —aseguró nada convencida de camino al piso de arriba con andar inseguro. No pudo cumplir su palabra, no porque tardase en regresar, sino porque no regresó.

En cuanto la mujer abandonó el salón, el individuo dejó que trascurrieran unos segundos y partió tras sus pasos. Del jarrón sobre el aparador cogió las flores que había traído unas pocas horas antes y las introdujo con mimo en un bolsillo de la americana. Niega lentamente mientras por el camino se sacude la chaqueta con parsimonia.

La ansiedad por los años sin noticias, la pérdida de fe en la justicia, si es que alguna vez la tuvo, en el ser humano, estaba próxima a ser reparada.

Llevó la mirada a las escaleras. La mujer acababa de perderse por el segundo tramo. Ralentizó el paso. La vio alcanzar el rellano del piso superior, se detuvo.

Escuchó.

El resbalón de una puerta al abrirse. Un grifo.

“Ha llegado el momento”

Suspiró lenta y profundamente.

Muy lenta y muy profundamente.

No, nunca hay que perder la fe.

Apretó los labios y asintió.

Del bolsillo interior de la chaqueta se hizo con un par de guantes de cirujano. Lentamente fue introduciendo los dedos uno a uno al tiempo que subía las escaleras sin prisa, con la confianza del que presupone que ya nada puede torcerse. A través del pasillo observó la puerta de una habitación abierta. En su interior una luz que partía del cuarto de baño. Un rostro reflejado parcialmente en el espejo.

Empuja con suavidad la puerta del dormitorio. Recorre con paso seguro, y sí, también despacio, los escasos seis metros que le distancian del baño. Lleva una mano al bolsillo interior de la chaqueta y extrae una foto.

Desliza la puerta lentamente.

La mirada en el reflejo de los ojos de la mujer en el espejo.

Entra y muestra la fotografía.

Ella enfoca la mirada, abre los ojos exageradamente y baja la cabeza.

Acaba de reconocer a su invitado. No había nada que decir. La barbilla pegada al cuello, hombros hundidos, las manos apoyadas en el lavabo. Intenta volver a mirar a su visitante, quizá pidiendo clemencia, o quizá simplemente asumiendo lo que está por venir, pero apenas le quedan fuerzas para mantener los ojos abiertos. De pronto, emite un balbuceo inconexo y cae al suelo.

El hombre permanece unos segundos mirando a su víctima con rostro inexpresivo. Rodea el cuerpo sin perder de vista la pequeña calavera tatuada junto a la oreja izquierda.

Asiente.

Se sienta sobre ella, lleva las manos enguantadas a su cuello y como si de una enorme tenaza se tratara aprieta con fuerza, con todas sus fuerzas. Ella apenas abre los ojos al tiempo que busca, sin mucho empeño, sin fe, una última bocanada de aire que no encuentra.

Quedaba la parte que más le gustaba, la que dejaba su impronta. Una impronta dirigida, no a la policía como afirmaban algunos de esos periodistas expertos en cualquier asunto. No, su mensaje era para aquellos que entenderían la escena.

Si continuaban vivos.

Ya quedaban menos.

Arrastró el cuerpo de la mujer y lo situó sobre la cama. Del cuarto de baño se hizo con un cepillo de pelo.

Un par de horas más tarde, tras recoger y limpiar el apartamento, regresó a la habitación. Del bolsillo de la americana extrajo las flores que había llevado a la cena. Coloca con mimo dos Molly Sanderson negras sobre cada ojo de la víctima.

—Por Viola —su voz parte como un murmullo roto.

Entre las manos sitúa una cala blanca y otra azul.

—Por Vera…

Durante unos instantes observa la escena. Todo queda casi a su gusto. Sólo casi, porque confía en mejorar la próxima vez.

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